Omnia mea mecum porto

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Grabado calcográfico, marca del impresor Nicolas Buon, 1616. U/Bc BU 3603

El estudio de las marcas tipográficas y de impresores es una fuente constante de sorpresa y novedades, que no solo sirve para determinar orígenes, procedencias, transmisión de talleres, reutilización de maquinaria, aprovechamiento de grabados, cajas de tipos, diseños o fijar dataciones. En muchos casos, cuando se combina con el estudio simbólico y con la emblemática, se descubre también un mensaje, una narrativa, no pocas veces alegórica y siempre declarativa de proyectos, intenciones o motivos.

En la marca de Gabriel y de Nicolas Buon (entre otros), libreros impresores parisinos y de su Universidad, se repite con variaciones el motivo de un hombre barbudo, vestido a la griega o romana, que huye de una ciudad en llamas. Alrededor del hombre, otros huyen. Pero lejos del plano principal y abrumados por llevar cargas y objetos.

En la banda que rodea la escena se lee: «Omnia mea mecum porto». En la parte inferior figura el monograma del librero impresor y alrededor se traza una orla con motivos vegetales, faunos y querubines.

El grabado representa la escena histórico-legendaria de la caída y evacuación de la ciudad griega de Priene. Cuando el enemigo entraba ya a saquear la ciudad. Historia que recogen entre otros, Sátiro de Calatis , Diógenes Laercio, o Cicerón en sus Paradoxos:

“Nec non saepe laudabo sapientem illum, Biantem, ut opinor, qui numeratur in septem; cuius quom patriam Prienam cepisset hostis ceterique ita fugerent, ut multa de suis rebus asportarent, cum esset admonitus a quodam, ut idem ipse faceret, ‘Ego vero’, inquit, ‘facio; nam omnia bona mea mecum porto.’ (Cícero: Paradoxo 1, 1, 8 )

ΒΙΑΣ ΠΡΗΝΕΥΣ. Mármol, Copia romana de un original griego. Villa Cassius (Tivoli), excavada 1774. Museo Pio Clementino (Wiki)

Bias de Priene, a quien se define como el más astuto entre los Siete sabios de Grecia, respondió a sus convecinos extrañados por la ausencia de equipaje en hombre de tanta riqueza. El sabio, famoso como abogado y hombre práctico, se presentó a la evacuación con su ropa de viaje e indicando que no necesitaba más.

«Omnia mea mecum porto» [todo lo mío lo llevo conmigo], expresa un ideal filosófico de rechazo a los bienes materiales. En las versiones de la marca el hombre parece llevar en su mano o proteger, justo debajo de su túnica, un rollo de pergamino, o un libro. Probablemente su obra, su pensamiento. Parecidas historias se pueden encontrar en varias versiones, tanto en el mundo grecolatino, como en el folklore de la India o incluso más hacia Oriente.

Levemente diferente o con matices, porque se sitúa en un naufragio, o después de un cataclismo, pero siempre la conclusión es la misma: todos intentan cargar con propiedades y tesoros o lamentan sus pérdidas, excepto el sabio, capaz de evaluar rápida y juiciosamente lo fundamental y por tanto capaz, mientras haya vida, de empezar una y otra vez.

Vidas y peripecias, del libro, del pensamiento, de las gentes del libro, las bibliotecas, la educación y la imprenta, en un mundo de persecuciones, censuras, exilios y guerras como continuum civilizatorio. Destrucciones de ciudades, saqueos, incendios, deportaciones, expulsiones, refugiados por cientos huyendo, con poco o lo puesto, de la masacre, de los conflictos y de la guerra.

Es difícil pensar en continuar o empezar de nuevo en escenarios de barbarie y destrucción. Nos quedamos, tantas veces, sin palabras ante la realidad. Pero en las bibliotecas sabemos que los libros son y han sido siempre un consuelo, un refugio, una esperanza.

 

El significado real de la restauración: reflexiones y descripción de un proceso de intervención

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Con motivo de la intervención en el ejemplar U/BC 12670 nos gustaría compartir algunas ideas y reflexiones habituales del día a día del trabajo de restauración.

U/BC 12670 Diario pinciano: histórico, literario, legal, político y económico .- [Valladolid: s.n.]: 1787 (Digitalizado UVADOC)

No pretendemos describir un proceso de restauración sin más, ni escribir un informe técnico, con estructura y léxico técnico. Lo que quisiéramos es plasmar la complejidad que entrañan algunos tratamientos de restauración, las decisiones constantes que deben tomarse y las cuestiones que deben tenerse en consideración cuando se aborda un proceso de intervención. A veces ocurre que, como profesionales, se tiene claro el proyecto: orden de los pasos a seguir, materiales, elementos históricos que considerar, estructuras del libro a tener en cuenta… Pero en muchas ocasiones esos proyectos deben ser modificados durante el proceso, debido a distintos factores que son visibles únicamente durante el desarrollo de la intervención.

La restauración de este libro de estructura aparentemente sencilla y materiales humildes, supuso un reto profesional. A veces, en esta profesión ocurre que un tratamiento sencillo a simple vista, se convierte en una cuestión algo más dificultosa en el momento en que se inicia la intervención o cuando se procede al desmontaje de alguna parte del libro para poder acceder a estructuras internas de la encuadernación y así poder trabajar en ellas. Y una vez ha finalizado la intervención, precisamente en estos casos que entrañan cierta incógnita o complejidad, parece que la decisión tomada era evidente, lógica, sencilla e incluso indudable.

Criterios

Cualquiera que sea la decisión tomada, todas las acciones (profesionales) de conservación y restauración deben estar basadas en unos criterios mínimos establecidos: conductas éticas que se fundamentan en leyes y normativas vigentes. Si no fuera así, podríamos hablar de “reparaciones” llevadas a cabo con buena voluntad o relativas a otras profesiones que tienen algún punto de conexión con la restauración, ya que pueden utilizar algunos instrumentos parecidos, pero que para su desarrollo no se tienen en cuenta los siguientes criterios que sí son esenciales en la restauración:

– Priorizar la conservación preventiva, esto es, mejorar las condiciones ambientales del lugar donde se custodia el libro para que estas no sean las causantes de su deterioro o lo propicien.

– Realizar la mínima intervención posible para garantizar su estabilidad tanto en la manipulación para la consulta o exhibición, como en el almacenaje.

– Facilitar la legibilidad de la intervención realizada, es decir, que la interpretación de la restauración sea fácilmente discernible, por ejemplo, a través de un intencionado contraste de tonos. Se debe evitar, en definitiva, la falsificación histórica: restaurar no significa dejar el libro como si fuera nuevo.

– Emplear materiales que sean reversibles. A veces esta cuestión no es posible completamente, pero es de suma importancia y por tanto debe ser tenida en cuenta tanto como sea posible.

– Garantizar la estabilidad de los materiales empleados. Para ello se debe conocer su composición, así como su afinidad con los distintos materiales originales y de qué manera pueden interactuar (a corto y largo plazo) con el resto de materiales utilizados en la restauración, así como con los que constituyen el libro: costuras, cubiertas, cabezadas, broches, madera, papel, pigmentos, tintas, pergamino, piel, adhesivos, etc.

Proceso de restauración

Cada intervención exige un tratamiento personalizado porque cada libro tiene unas particularidades en cuanto a materiales empleados y estructura. Teniendo esta cuestión en cuenta, se tomaron algunas fotografías del estado de conservación inicial.

Para poder acceder al enlomado original y corregir el estado de cristalización del adhesivo de origen animal, la rigidez y deformación que presentaba, se desmontaron los nervios y núcleos de cabezadas de la tapa anterior, ya que la tapa trasera estaba suelta y los nervios fragmentados. La idea principal era haber alargado los nervios fragmentados para poder unir de nuevo el cuerpo del libro a la cubierta que se hallaba suelta.

Pero el proyecto tuvo que ser modificado tras observar una serie de datos:  el lomo de la encuadernación era más ancho que el cuerpo del libro. Además, el hecho de tener los nervios tan nítidamente fragmentados y carecer de restos de fibras, nos indicaba que faltaba parte del cuerpo del libro.

El resto de alteraciones que necesitaban intervención fueron abordadas de manera habitual. En primer lugar, se retiró el adhesivo cristalizado del lomo, para poder devolverle la flexibilidad perdida y permitir la apertura natural de los cuadernillos.

Se realizó una limpieza mecánica en zonas puntuales de los primeros cuadernillos del cuerpo del libro, uniendo desgarros e injertando las pérdidas de soporte que pudieran comprometer la correcta manipulación del libro. En restauración, se emplean papeles de muy poco gramaje para unir desgarros, para lograr la máxima transparencia y evitar opacidad que pueda perjudicar la lectura del texto. Y en los injertos, se debe tener en cuenta la similitud de ciertas características como los gramajes entre el papel original y el empleado para el injerto, así como su dirección y longitud de fibra, tonalidad o verjura. Además, es muy importante utilizar un adhesivo de base acuosa y de características afines al papel, que sea fácilmente reversible y, ante todo, que evite generar nuevas tensiones y deformaciones tanto en el soporte original como en el injerto.

En cuanto a la cubierta de pergamino, se optó por aplicar limpieza mecánica y química, pero no con la intención de eliminar su pátina natural ya que esto no formaría parte de una intervención mínima, sino de eliminar los restos de grasa procedente de las manos y de su consulta descuidada y reiterada, así como la posterior suciedad (polvo, etc.) adherida a la grasa. Por tanto, la pátina se respetó y el texto manuscrito presente en el lomo recuperó nitidez y contraste tras ambos procedimientos.

Antes de aplicar cualquier producto o iniciar ciertos tratamientos que puedan poner en peligro tintas, pigmentos o los distintos materiales que actúan de soporte, deben llevarse a cabo una serie de pruebas para cerciorarnos de que las intervenciones que se pretenden realizar son inocuas para el original (en todos los materiales que forman el libro) y asegurarnos de que la decisión que tomemos será adecuada y efectiva. Asimismo, se unió un desgarro e injertó una pérdida de soporte en el extremo superior del lomo de pergamino, utilizando pergamino natural. En este caso, la reintegración aseguraba la solidez de la estructura del libro y permitía su manipulación evitando el riesgo de que siguiera deteriorándose la cubierta en esa zona a causa de la falta de materia. Finalmente, y solo en la zona del injerto, se hizo una reintegración cromática, empleando materiales reversibles e inocuos.

La costura de las cabezadas estaba aflojada y sus núcleos estaban prácticamente sueltos. Se consolidó la costura, devolviendo el hilo original al lugar correcto y empleando hilo de cáñamo nuevo en las zonas donde era necesario reforzar los anclajes para proporcionar solidez a la unión de los cuadernillos y una adecuada sujeción a la cubierta.

Se realizó un enlomado de conservación, empleando materiales que por su propia composición no van a generar tensiones en el futuro y, por tanto, garantizan la correcta flexibilidad y manipulación del libro. El propio enlomado también ayuda a reforzar la unión del cuerpo del libro con la encuadernación, de manera que disminuye y equilibra la tensión que ejerce el anclaje del nervio con la tapa.

Los nervios que sujetaban la encuadernación por la tapa delantera fueron injertados y alargados para poder cumplir su función, utilizando material de idénticas características a los restos de los originales.

Una vez finalizados los procesos de intervención, del cuerpo del libro y de la cubierta de pergamino y tapas de papelote, se unieron nuevamente todas las partes y se reforzó el cajo delantero por la cara interna. Las guardas fueron injertadas y los desgarros unidos, con papel japonés y éter de celulosa (Metilcelulosa).

Por último, el reto que planteaba la situación de esta encuadernación, con una cubierta de lomo más ancho que el cuerpo del libro (han desaparecido, al final, cuadernillos), se solucionó elaborando una estructura con las medidas del volumen de la parte del cuerpo del libro que faltaba. Para ello, se utilizó material de conservación, ligero, inocuo y fácilmente extraíble, de manera que cualquier persona que se dedique a la investigación y quiera comprobar aspectos de la estructura interna de este libro, pueda hacerlo de manera sencilla.

A su vez, la incorporación de esta pieza permite que el libro se pueda cerrar con sus broches originales y que se mantenga erguido en la estantería y que los libros contiguos no lo deformen o hundan por presión su cubierta.

Conclusiones

El objetivo de esta intervención fue devolver la estabilidad al libro, respetando las características y estructuras que presenta en la actualidad, considerando las partes incompletas y dando valor a su imperfección o singularidad, sin alterar estas características.

El jardín de Cicerón

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Borges imaginó “que el paraíso sería algún tipo de Biblioteca”. Y quién no lo ha pensado cuando, paseando frente a una estantería, ha detenido el paso y un libro le ha abierto las puertas de campos desconocidos hasta entonces.

Grabado del ejemplar BU 10341 «Historia de la vida de Marco Tulio Cicerón«

Por otra parte Cicerón dijo: “Si hortum in bibliotheca habes, nihil deerit” (M. T. Cicero Epistolarum familiarium liber. Nonus M.T.C Varroni S.D. [4]). La traducción que ha llegado a nuestros días es «Si tienes un jardín y una biblioteca, tienes todo lo que necesitas».

Texto del incunable U/Bc IyR 189

Los tiempos cambian y con ellos las tecnologías, pero la materia prima de la biblioteca continúa siendo la misma: ideas traducidas en palabras manuscritas o impresas sobre papel o transmitidas electrónicamente a través de ceros y unos.

De forma física o digital, en la Universidad las bibliotecas sirven a los objetivos de docencia, enseñanza, investigación, creación de nuevo conocimiento y transmisión del mismo. Thompson y Carr utilizaban la metáfora del corazón como órgano central que alimenta y da oxígeno a todos los miembros de un cuerpo.

A través del catálogo Almena de la BUVa, sin salir de casa, podemos acceder a una amplia colección de libros, revistas electrónicas y bases de datos que han sido seleccionadas aplicando criterios de calidad, materia, especificidad y, desgraciadamente, precio.

Marca de impresor utilizada por Jean Boudot y Étienne Martin. Ejemplar U/Bc BU 06919.

La escritora y periodista Caitlin Moran dice que «Una biblioteca en medio de una comunidad es un cruce entre una salida de emergencia, una balsa salvavidas y un festival. Son catedrales de la mente; hospitales del alma; parques temáticos de la imaginación. En una isla fría y lluviosa, son los únicos espacios públicos protegidos donde no eres un consumidor, sino un ciudadano»

Y es que las bibliotecas como lugar, como continentes de ideas, son también garantes de un espacio de paz, silencio y quietud para la reflexión. Esto no es un tema menor en una época en que las aplicaciones de móvil y las plataformas de streaming compiten por captar nuestra atención.

El ritual de atravesar una puerta que da acceso a un espacio de silencio y paz favorece la puesta en situación, la ruptura con la dispersión mental y la concentración para una mejor reflexión. Esto hace que las bibliotecas sigan siendo necesarias, continente y contenido, en un mundo cada vez más saturado de ruido y, lo que es lo mismo, exceso de información.

Sala de investigadores de la Biblioteca Histórica de Santa Cruz

Cuenta la leyenda que Ray Bradbury, el autor de Fahrenheit 451, escribió en una papeleta de préstamo la frase: «Sin bibliotecas, ¿que nos quedaría? No tendríamos pasado ni futuro.» Esa es también parte de la trama de “1984” de George Orwell, donde relata que la caza y destrucción de libros se había llevado a cabo de forma tan efectiva que “era casi imposible que existiera en toda Oceanía un ejemplar de un libro impreso antes de 1960”. En esta distopía se establecían listas de libros y periódicos que debían ser “repasados” de manera que los originales se destruían en hornos y solo se guardaban los corregidos.

Pues bien, otra de las misiones de las bibliotecas es precisamente conservar la información en sus diferentes soportes y presentaciones para que generaciones futuras puedan disfrutar de ella y recrear tiempos pretéritos (y futuros).

Busquen su jardín y cultiven/se.

El fuego de la conciencia. 25 años de «El Hereje» de Delibes

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Ayer se inauguró en la sede de las Cortes de Castilla y León la exposición «El fuego de la conciencia. 25 años de El Hereje de Delibes».

Con el objetivo de conmemorar el veinticinco aniversario de la publicación de «El Hereje», última obra de Miguel Delibes, la Fundación Castilla y León y la Fundación Miguel Delibes organizan esta muestra para destacar la importancia de la novela como defensa de la libertad de conciencia, el conocimiento y la lectura.

La exposición se estructura en torno a una perspectiva histórica sobre el reino de Castilla en el siglo XVI y, adicionalmente, hace una reflexión sobre la influencia del pensamiento de Lutero y Erasmo de Rotterdam en la transformación de la sociedad europea.

La Biblioteca Histórica de Santa Cruz participa con dos ejemplares: “Adagorium opus […]” un Erasmo de Rotterdam de 1528 y una “Recopilación de las ordenancas de la Real Audiencia y Chancillería de su Magestad, que reside en la villa de Valladolid” impreso en la ciudad en 1566.

Recopilación de las ordenanças de la Real Audiencia y Chancillería… Valladolid: Imp. de Francisco Fernández de Córdoba, 1566. Signatura: U/Bc 12492

En la muestra confluyen más de 100 piezas  (documentos, libros, mapas, esculturas, obras artísticas y objetos de época) de un total de 40 instituciones como el Museo de Escultura, el Museo Arqueológico Nacional o el Museo del Prado. Puede visitarse hasta el 17 de febrero de 2024 en horario de 11 a 19 horas.

El Duelo de Carabanchel (1870)

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En la Serie denominada “Legajos” custodiamos en nuestra biblioteca un conjunto formado por cerca de 5.000 documentos de tamaño y formato variado (hojas sueltas, anuncios, folletos, panfletos, conferencias, pequeños libros en rústica) en la que podemos encontrar información de todo tipo: las cuentas de la universidad en el siglo XVIII, un folleto de las ferias de nuestra ciudad del año 1906, o la construcción del ferrocarril en el salvaje oeste. Variedad y disparidad que recogen documentos con informaciones, noticias e historias curiosas.

EL U/Bc LEG 18-1 nº 1452 es un trozo de nuestra historia. Una historia que pudo haber sido de otra manera y que podría haber cambiado nuestro presente tal y como lo conocemos. O no. Nunca sabremos.

Un duelo, conocido como el Duelo de Carabanchel (12 de marzo de 1870) entre el pretendiente al trono y cuñado de la reina Isabel II Antonio de Orleans, Duque de Montpesier y Enrique de Borbón, Duque de Sevilla y también aspirante al trono.

Dibujo de Tomás Padró (1840-1877) Grabado de Tomás Carlos Capuz (1834-1899) en Antonio Bermejo, Ildefonso (1876) Historia de la interindad y guerra civil de España desde 1868, 1, p. 907, Dominio público

El Duque de Montpesier soñó con ser rey de España y se vio casado con Isabel II. Pero ahí estaban los intereses internacionales e Inglaterra para impedirlo, recelosos de una alianza con Francia. Se casó con la hermana pequeña de la reina, Luisa Fernanda de Borbón, convencido de así poder llegar al trono español, pensando que el matrimonio de Isabel II con Francisco de Asís era una farsa y que de esa relación nunca saldría un heredero. Qué equivocado estaba. No en la farsa, sino en lo de los herederos. Como de esta manera no pudo conseguirlo, se dedicó a conspirar, financiando campañas contra Isabel, lo que le llevó al exilio en Portugal. Pero cuando Isabel fue depuesta, en 1868, volvió otra vez con ínfulas de monarca.

El otro personaje de nuestra historia también era pretendiente al trono español. Con unas ideas mucho más liberales. No dudó en firmar un manifiesto, bastante injurioso, contra el de Montpesier (las malas lenguas decían que Isabel II estaba detrás de este manifiesto si bien nunca se pudo demostrar y otras, igual de malas o peores, que fue un artículo ideado por los republicanos). La consecuencia de todo esto es que se ganó un merecido “reto a duelo”.

[imagen en: Historia ilustrada de la Revolución española (1870-1931), Tomo 1 .- Barcelona. Gustavo Gil, 1931 p.24]

El caso es que el honor era sagrado. No les preocupaba matarse entre ellos ni venderse al mejor postor, pero ¡ay el honor! Así que, que mejor manera tenían los caballeros, por llamarlos de alguna manera, de aquella época, de resolver sus conflictos. Exacto. Duelo a muerte. O a sangre, como el que aquí nos ocupa. Eligieron pistolas, pistolas que nunca con anterioridad hubieran sido utilizadas y que sus padrinos fueron los encargados de adquirir.

Dispararon a turnos. El primero Montpesier que falló. Luego el de Sevilla. También falló. Podría haber quedado en unas muy honrosas tablas, y el honor de ambos caballeros quedaba a salvo. Pero estos tenían que seguir hasta que hubiera sangre. Y la hubo. El tercer disparo correspondía a Montpesier. Y esta vez atinó, acertando en toda la sien, causando la muerte al de Sevilla. Gran error. El Duque de Sevilla no era un cualquiera, sino que era el hermano de Francisco de Asís, marido de Isabel II.

[imagen en: Historia ilustrada de la Revolución española (1870-1931), Tomo 1 .– Barcelona. Gustavo Gil, 1931 p.24]

La importancia del finado y el duelo creó tal conmoción por toda España y Europa que al ganador se le formó consejo de guerra. Pero ya sabemos cómo son las cosas de los poderosos. Se determinó que la muerte fue accidental, el de Sevilla pasaba por allí, y sólo se le condenó a un mes de arresto.

Y en vez de dar las gracias por que su “accidente” no hubiera ido a más, siguió postulando al trono español, aunque nunca lo consiguió.
Su última oportunidad, o eso parecía, fue el casar a su hija, María de las Mercedes con Alfonso XII. El no sería rey de España, pero su hija sería reina consorte y sus nietos los herederos. Pensaría que el que la sigue, la consigue. Pero no le salió mal, sino fatal.

Por desgracia, su hija falleció a los seis meses de su matrimonio con Alfonso XII y por supuesto, sin herederos. Intentó que Alfonso se casara con su hija pequeña, pero este pasó. Lo que sí que consiguió fue casar a su hijo Antonio de Orleans con la hija pequeña de Isabel II, Eulalia. Matrimonio que acabó en divorcio, el primero en una familia real.
Viendo que no conseguía nada, los últimos años de su vida se los pasó más interesado en los acontecimientos políticos de Francia que en seguir conspirando, alejándose cada vez más de la política.
Murió en 1890 con 65 años, la mayor parte de ellos metido en conspiraciones. Y fue enterrado en el Monasterio de El Escorial en el panteón de los Infantes.

En este contexto de agitación política y zozobra por las constantes vacilaciones gubernamentales, las conspiraciones, las diversas presiones internacionales y los anuncios de los posibles candidatos y aspirantes al trono de diferentes ideologías, sin excluir la posibilidad republicana, aparece nuestro legajo.

Se trata de una hoja de aviso, con carácter panfletario, impresa en Valladolid en la Imprenta de Rojas con fecha manuscrita de 12 de marzo de 1870, que dice reproducir una «Última hora» del periódico progresista madrileño “La Discusión” y que da testimonio del momento político.

El famoso duelo fue descrito por Benito Pérez Galdós en sus Episodios nacionales. (España trágica .- Madrid, 1909, cap IX):

Disparó el Infante, disparó luego Montpensier, y ambos quedaron ilesos. Los padrinos cargaron de nuevo las pistolas y discutieron, probablemente sobre la supresión del avance después de cada doble disparo… «La función es harto pesada -dijo Vicente-; los actos brevísimos, los entreactos interminables. A ver, guapos mozos, tiren otra vez, y hagan el favor de hacer blanco». Y Bravo opinó que el lance llevaba trazas de inofensividad estudiada o fortuita, para concluir sin víctima y sin vencedor, con el solo triunfo del honor en el concepto condecorativo y de social etiqueta… Al disparar los rivales por segunda vez, acudieron los padrinos al Infante, creyéndole herido. Sin duda no fue nada, porque se procedió a cargar nuevamente. «Esto va para largo», dijo Bravo. Y Halconero: «A la tercera va la vencida. Veo la Fatalidad arrugando el ceño…». Y el otro: «Yo veo en su boca una muequecilla conciliadora. Desengáñate. Habrá vida y honor para todos». Por un rato de duración inapreciable, siguieron comentando el lance prolijo, y cuando sus palabras pasaban resueltamente del tono serio y expectante al de las bromas, oyeron el tercer disparo del Borbón… y al sonar el de Montpensier, ¡ay! vieron a don Enrique girar con rápido quiebro y voltereta, y caer de un lado… Al rebotar en el suelo, quedó el cuerpo en posición supina.

Con excepción del caballero de Orleans, que impávido, tal vez temeroso, permanecía en su puesto, todos acudieron a examinar al caballero caído… Los amigos intrusos, espoleados por su curiosidad ardiente, metiéronse en el vedado del Juicio de Dios. Si un instante dudaron, pronto les decidió el ver que de la otra parte violaban la clausura diferentes personas, algunas en traje militar. Algo sucedía de gravedad suma. Cuando llegaron al grupo, destacose de él Santamaría, y en su rostro moruno vieron los dos amigos la emoción trágica. «¿Herido el Infante?» murmuró Bravo. Y el levantino respondió que si no estaba muerto, poco le faltaba… Acercose Bravo codeando; mas de tal modo se apiñaban sobre el caído los ansiosos de examinarle, que sólo pudo ver el cuerpo de rodillas abajo… Federico Rubio, que antes que los dos médicos del duelo había podido apreciar la herida del Infante y su respiración estertorosa, se incorporo diciendo: «No hay remedio. Está expirando».

Al propio tiempo volvió Halconero sus miradas hacia Montpensier, la contrafigura del duelo terminado, y vio que un señor, en quien pudo reconocer a Solís, secretario y padrino del Duque, le notificaba el terrible desenlace.

El de Orleans dejó caer sus lentes, que quedaron colgando de la cinta, y mientras los cristales devolvían la luz con picantes reflejos, el caballero vencedor se llevó las manos a la cabeza en ademán de desesperación, y al aire salieron de su boca palabras doloridas que oyó tan sólo el secretario. O se lamentaba cristianamente de haber matado al primer hermano de su esposa, o lloraba viendo desvanecida en humo su ilusión mayestática 2. Fue al lance tal vez con la idea de hacer ante el público sus pruebas de valentía y de honor caballeresco, guardando las vidas de ambos para un reinado de conciliación, de lavatorio en aguas jordánicas. Pero el Destino le había jugado una mala partida. Él quería comedia, y Melpómene le había cambiado los trastos. Frente a la catástrofe, Montpensier maldecía su suerte, confundiendo en su consternación los motivos políticos y los humanos. Había matado a un individuo de la Familia Real de España, hermano del Rey consorte, cuñado y primo de la Reina, tío del inocente Alfonso. Pero si la bala de Orleans quitó la vida al Infante, la bala de Borbón, perdida en el espacio, se llevó la corona de Isabel, que ya el esposo de Luisa Fernanda creía poder encasquetar en su cabeza. Con brutal humorismo, el Destino retirábase del escenario, dejando tras de sí las sílabas de su carcajada… ja, ja…

La gran empresa de la Real Calcografía : Retratos de los Españoles Ilustres (1791-1820)

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Retratos de los españoles ilustres: con un epítome de sus vidas (Madrid : en la Imprenta Real de Madrid, siendo su regente D. Lázaro Gayguer, 1791) U/Bc 00565

En 1789, la Real Calcografía española, inicia su trayectoria con un proyecto para divulgar los retratos de aquellos españoles que habían destacado en los campos de las letras, artes, gobierno y ejército.

La serie había sido proyectada por la Secretaría de Estado, en 1788, bajo patrocinio Real e impulsada por Floridablanca, un proyecto que sería continuado por Aranda y Godoy. El proyecto era de tal envergadura que iba a ocupar durante casi 30 años recursos, talleres, pintores, grabadores de la Real Academia, Imprenta Real y Calcografía.

«A Manuel Salvador Carmona, director de grabado de la Real Academia de San Fernando, se le pidió un informe en el que constaran los grabadores que podrían hacerse cargo de tan magna obra. Carmona propuso a los de «más mérito»: Fernando Selma, Francisco Muntaner, Joaquín Ballester y Juan Moreno Tejada, si bien este último no podía encargarse de nada hasta que terminara las láminas del Tratado de artillería, de Tomás de Morla. También propuso a Mariano Brandi y a Joaquín Pro, cada uno de los cuales podría hacer, bajo su dirección, hasta cuatro retratos al año. Añadía que se pagara a cada grabador por lámina hecha, en vez de asignar una cantidad mensual. Manuel Monfort sugirió para cada lámina, «trabajada con todo primor», el pago de 3.600 a 4.000 reales. Finalmente se decidió que fueran 440 reales por cada dibujo y 3.000 por lámina.» ( vid. Juan Carrete Parrondo (2008) )

Se realizaron un total de 114 retratos en formato gran folio 430 x 300 mm (caja de impresión variable aprox. 370 x 260 mm) sobre papel ( filigrana Fm Gvarro y Rimaud [Grimaud?] de gran calidad siendo el de las planchas de mayor grosor; realizados en talla dulce, con aguafuerte y buril sobre plancha de cobre. Cada lámina va acompañada de una sucinta biografía.

 

La serie fue publicada en 19 cuadernos cada uno con seis retratos. Al primero, editado en 1791, precedía un prólogo, escrito por José Castañeda y un aviso que daba cuenta del carácter e importancia que se concedía a la obra.

Entre 1791 y 1795 se publicaron los ocho primeros cuadernos, el 9 en 1796, el 10 y 11 en 1797, el 12 en 1798, el 14 y 15 en 1802, el 16 en 1804, el 17 en 1805, el 18 en 1806 y el 19 en 1819. Entre 1882 y 1889 se añadió un nuevo cuaderno con 6 retratos.

Desde el primer momento el gobierno ejerció un control directo sobre la publicación. Dada la dimensión propagandística y patriótica del proyecto, se ejerció una rigurosa censura tanto sobre los dibujos como sobre los textos. El elenco y biografías de los personajes elegidos como ilustres proporciona una idea clara del proyecto: la fijación de un canon histórico, político, militar, artístico y literario y de una representación iconográfica (que en buena medida marcará las pautas continuadas en los siglos siguientes).

En el prólogo se anuncia otra colección con los monarcas, para explicar, en esta, su ausencia. También es de notar, en el conjunto de todos los cuadernos, la ausencia absoluta de mujeres.

Nota anuncio al final del prólogo

La publicación y su ritmo de producción acusan la caída del Conde de Floridablanca; la Guerra en la Península, y las zozobras primeras del reinado de Fernando VII. La última serie obedece al primer impulso nacionalizador  y proyecto de elaboración historiográfico de la Restauración Canovista.

«La mayor parte de los epítomes biográficos fueron redactados por Antonio de Capmany, en una primera etapa, y por el conde de Castañeda de los Lamos, después. Pero también hay constancia de otros autores como Manuel José Quintana –quien el 31 de diciembre de 1797 recibía 1.200 reales por su colaboración en la empresa–, Juan Antonio Enríquez –autor de la biografía de José del Campillo– o Juan Ramírez Alamanzón –a quien Cevallos le encargó la biografía del conde de Gondomar–.» ( Juan Carrete Parrondo (2008) )

El ejemplar de la Biblioteca de Santa Cruz contiene, en magnífico estado, las 114 láminas de las series originales (1791-1820) y noticias biográficas, encuadernadas por junto, con el prólogo y presentación.

En los grabados son de admirar el preciosismo en ropajes, armaduras, y lo conseguido de los rostros, manos, ojos y expresión. Los grabados representan a: 4. Antonio de Leyva ; 5. Ambrosio de Morales ; 6. Juan de Mariana ; 7. F. Lope Félix de la Vega Carpio ;

8. Antonio de Solís ; 9. Nicolás Antonio ; 10. Gil Carrillo de Albornoz ; 11. Gonzalo Fernández de Córdoba ; 12. Fernando Álvarez de Toledo (Gran duque de Alba) ; 13 Arias Montano ; 14. Francisco de Quevedo y Villegas ; 15. Juan de Ferreras ; 16. Hernán Cortés ; 17. Garcilaso de la Vega ; 18. Alonso de Ercilla ;

19. Pedro Calderón de la Barca ; 20 Miguel de Cervantes Saavedra ; 21. Joseph Patiño ; 22. Antonio de Nebrixa ; 23. Pedro Menéndez de Avilés ; 24. Sancho Dávila ; 25. Álvaro de Bazán ; 26. Antonio Agustín ; 27. Juan de Austria (hijo Felipe IV) ; 28. Fray Luis de Granada ; 29. Martín de Azpilcueta y Navarro ; 30. Luis de Góngora ; 31. Bernardino de Rebolledo ; 32. Juan de Austria ; 33. Pedro Chacón ; 34. Alonso Tostado ; 35. Juan Luis Vives ; 36. Diego Hurtado de Mendoza ; 37. Gerónimo de Zurita ; 38. Diego de Saavedra Faxardo ;

39 Álvaro Joseph Navia Osorio ; 40. Fray Luis de León ; 41. Juan de Palafox ; 42. Luis de Requesens ; 43. Francisco Valles ; 44. Juan de Rivera ; 45. Bartolomé Leonardo de Argensola ; 46. Juan de Ávila ; 47. Diego de Covarruvias ; 48. Fray Joseph de Sigüenza ; 49. Diego Mesía y Guzmán ; 50. Tomás Vicente Tosca ; 51. Juan de Urbina ; 52 Hugo de Moncada ; 53. Juan Martínez Siliceo ; 54. Bartolomé de Carranza ; 55. Antonio Covarruvias y Leyva ; 56. Antonio Pérez ; 57. Josef Pellicer ; 58. Hernando de Alarcón ; 59. Pedro González de Mendoza ; 60. Melchor de Macanaz ; 61. Francisco Ximénez de Cisneros ; 62. Vasco Núñez de Balboa ; 63. Josef Carrillo de Albornoz ; 64. Rodrigo Ximénez ; 65. Juan de Torquemada ; 66. Diego García de Paredes ; 67. Francisco Pizarro ; 68. Santo Tomás de Villanueva ; 69. Hernando de Soto ; 70. Pablo de Céspedes ; 71 Juan de Herrera ; 72 Joseph Ribera ; 73. Diego Velázquez ; 74. Alonso Cano ; 75 Bartolomé de Murillo ; 76. El Cid Campeador ; 77. Alonso Pérez de Guzmán (Guzmán el Bueno) ; 78. Íñigo López de Mendoza , Marqués de Santillana ; 79. Juan Ginés de Sepúlveda ; 80. Francisco Salinas ; 81. Benito Gerónimo Feijoo ;

82. Álvaro de Luna ; 83. Andrés Laguna ; 84. Fernando Nuñez de Guzmán ; 85. Bartolomé de las Casas ; 86. Francisco Sánchez (el Brocense) ; 87. Alfonso de Villegas ; 88. Nuño Núñez Rasura ; 89. Laín Calvo ; 90. Pedro Navarro ; 91. Juan Bautista Pérez ; 92. Gerónimo Gómez de Huerta ; 93. El Conde Duque de Olivares ;

94. Fray Juan de Jesús María ; 95. Martín Bautista de Lanuza ; 96. Pedro Fernández de Castro (Conde de Lemos) ; 97. Vicente Espinel ; 98. Jorge Juan ; 99. Antonio de Ulloa ; 100. Pablo de Santa María ; 101. Diego Laynez ; 102. Fray Gerónimo Gracián ; 103. D. Josef del Campillo ; 104. Francisco de Mendoza y Bobadilla ; 105. Alfonso de Cartagena ; 106. Pedro Fernández de Velasco ; 107. Juan Sebastián de Elcano ; 108. Melchor Cano ; 109. Alfonso Salmerón ; 110. Bernardo de Balbuena ; 111. Felipe Gil de Taboada ; 112. Diego de Álava y Beaumont ; 113. Diego Sarmiento de Acuña ; 114. Pedro de Ribadeneyra ; 115. Pedro de Quevedo y Quintano (obispo de Orense) ; 116. Pedro Rodríguez Campoamanes ; 117. José Moniño (conde de Floridablanca).

El ejemplar de Santa Cruz presenta un sello en una de las hojas de respeto que lo identifica como proveniente de la Biblioteca de Osuna.

Notas:

    • Ejemplar digitalizado en UVaDoc U/Bc 00565
    • Allo Manero,María Adelaida (2014) : «El ejemplar «Retratos de personajes españoles ilustres con un epítome de sus vidas» de la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza» en Estudios de información, documentación y archivos: homenaje a la profesora Pilar Gay Molins / Pilar Gay Molins (hom.), ISBN 978-84-16028-86-3, págs. 25-40 ( https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4773746 )

    • Carrete Parrondo, Juan (2008) : Retratos de los Españoles Ilustres con un epítome de sus vidas, Madrid, Imprenta Real y Real Calcografía, 1791 -.[1819] (con un  Catálogo de los Retratos) en arteprocomun 

    • Molina, Álvaro (2016) : «Retratos de Españoles ilustres con un epítome de sus vidas. Orígenes y gestación de una empresa ilustrada» en Archivo español de arte, ISSN 0004-0428, ISSN-e 1988-8511, Tomo 89, Nº 353, 2016, págs. 43-60. DOI: 10.3989/aearte.2016.04 ( https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5435152 )

    • Wikisource. Estampas y transcripción de textos.

Bibliotecarias imperfectas

Grabado de «Historia Scholastica» de Petrus Comestor (Sign.: U/Bc BU 09315)

Dice Borges en su Biblioteca de Babel que el hombre es un “imperfecto bibliotecario”. Quienes trabajamos en bibliotecas tratamos de pulir esa imperfección ordenando y clasificando lo inordenable. Todo con el afán de facilitar la búsqueda y recuperación de información en océanos de papel, tinta o ceros y unos, dentro de esa “Biblioteca interminable” de la que hablaba el autor.

Interminables son también los bibliotecarios que nos han precedido, desde Calímaco, hacedor del que se supone fue el primer catálogo de la historia, (el de la Biblioteca de Alejandría), hasta Octavio Paz, que dirigió la Biblioteca Nacional de México o el mismo Borges la de Argentina.

En el ámbito más cercano, hemos de homenajear a María Moliner quien, a pesar de ser vetada por la RAE, elaboró el diccionario más completo de uso del español. Tras aprobar las oposiciones para el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, fue la primera mujer que entró a trabajar en el Archivo de Simancas. También participó en las Misiones Pedagógicas a través de la Institución Libre de Enseñanza, llevando las bibliotecas al mundo rural de la España de los años 30.

También Gloria Fuertes, denostada en vida por sus apariciones televisivas y reivindicada últimamente, estudió Biblioteconomía e Inglés en el Instituto Internacional de Madrid, donde ocupó el cargo de bibliotecaria desde 1958 hasta 1961, cuando recibió una beca Fullbright para impartir clases en la Universidad de Bucknell, Pensilvania. Según ella: «Una biblioteca es como una segunda casa para las personas que leen libros. En la biblioteca están todos los libros y puedes leerlos gratis. Dentro de una biblioteca se cura la ignorancia, los libros son para la mente como las tiritas para las heridas. Las bibliotecas son tan importantes que tendrían que estar por todas partes, como las farmacias

Más recientemente Gloria Salmerón, que dirigió la Biblioteca Nacional entre 2010 y 2013 y presidió la IFLA entre 2017 y 2019, llegó a ser galardonada por la institución con el título de integrante honoraria por sus aportes en el ámbito bibliotecario. También recibió la medalla de honor de ANABAD, la Federación española de asociaciones de archiveros, bibliotecarios, arqueólogos, museólogos y documentalistas.

Fotograma del personaje de Barbara Gordon en la serie «Batman»

No es casualidad que dos superheroínas como batgirl y catwoman fueran bibliotecarias: https://lanetaneta.com/la-spider-woman-original-olvidada-de-marvel-era-una-bibliotecaria-negra/

Y es que en realidad facilitar a los usuarios la información que necesitan es un superpoder que cambia vidas…Pura magia.

Es una misión imposible explicar a alguien poco familiarizado con el mundo bibliotecario y la información en qué consiste nuestro trabajo. Uno de los lugares comunes y broma recurrente (de complicada gracia y encaje) es decir que dedicamos la jornada laboral a leer. Puede que Marcel Proust llegara a encarnar este tópico pues, nacido en una familia acomodada, tuvo como único trabajo conocido (gracias a los contactos de su padre) el de bibliotecario en la Biblioteca Mazarina de París. Dicen que dedicaba gran parte de la jornada a hojear los libros del Cardenal Mazarino y, sin que sirva de precedente, se puede aceptar su actitud ya que el cargo era honorario y no estaba dotado de sueldo.

En el caso de esta Biblioteca hemos de recordar a Saturnino Rivera Manescau que publicó “Papeles pertenecientes al Colegio Mayor de Santa Cruz de Valladolid” y describió la sección de Incunables y Raros bajo la dirección de Alcocer en “Catálogos de la Biblioteca Universitaria y Provincial (Santa Cruz) de Valladolid”.

Biblioteca Histórica de Santa Cruz, 1865. (Archivo Municipal de Valladolid)

Mariano Alcocer Martínez dirigió la Biblioteca Universitaria desde 1917 a 1929 y reorganizó los libros de la Histórica dotándolos de un numero currens para aprovechar al máximo el siempre escaso espacio disponible. Debido al fallecimiento inesperado del director del Archivo de Simancas, desde 1922 simultaneó su cargo con la dirección interina del Archivo.

También es autor de “Historia de la Universidad de Valladolid (Valladolid, 1921-1923)”, obra dividida en 5 volúmenes y “Catálogo razonado de obras impresas en Valladolid 1481-1800”, publicado en 1926.

Umberto Eco comprendió a la perfección el oficio de bibliotecario (sin ser él nada de eso), y lo reflejó en «El nombre de la rosa» donde dice: «El libro es una criatura frágil. Sufre el paso del tiempo, el acoso de los roedores y las manos torpes, así que el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido«.

Gracias pues, a quienes encarnaron el oficio en el pasado y sigamos protegiendo la información y los libros (en cualquiera de sus formatos) contra la naturaleza, el género humano y el olvido.

Adam Smith en su 300 aniversario (III) : La editora

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Los Santander fueron uno de los más importantes linajes de impresores de Valladolid, con una producción que se extiende desde la segunda mitad del siglo XVIII a las tres primeras décadas del siglo XIX.

El iniciador de la dinastía fue Thomás de Santander, impresor y librero radicado en Valladolid (17??-1782), que se había formado en la Imprenta de su suegro Alonso del Riego (impresor de la Real Universidad de Valladolid).

Fallecido Del Riego, sus herederos continúan con el negocio con la marca «Herederos de Alonso del Riego» a partir de 1761 (Alcocer 1361 p. 491). Muerta Tomasa del Riego, esposa de Thomás de Santander, en 1763 y después de algunos pleitos y problemas derivados del reparto de la herencia (Palomares p. 47), Thomás de Santander se había establecido como librero e impresor independiente.

Los primeros libros impresos con su marca aparecen en 1763. Según Alcocer (Catálogo nº 1366 y 1367, p. 492). Serían una “Novena sagrada de nuestra señora de los Ángeles de la Hoz…” (48 p. 10 cm). Y las “Ordenanzas con que se rige y gobierna la República de la muy noble y leal ciudad de Valladolid. En las cuales se declaran todos los artículos, tocantes al pro común de ella..” (4h + 183 p. 20 cm. 8º)

En BDCYL

En estas últimas figura, a modo de presentación y propósito: “Volviéronse a imprimir estas ordenanzas quarta vez en 16 de Octubre 1763 a pedimento de Thomàs de Santander, tesorero de la Real Universidad e impresor de ella, quien por hacer este obsequio al común de la ciudad las imprimió a su costa”.

Thomás era además bedel de la Universidad de Valladolid, y proveedor para esta de libros, papeles, tintas y útiles de escritorio. A partir de ese 1763 sustituirá a Pedro Andrés García en el puesto de tesorero de la Universidad. En bastantes de sus publicaciones se titulará también como Tipógrafo de la Universidad.

U/Bc BU 08962

A la muerte de Thomás, en 1782, continúan con el taller familiar su segunda mujer María Benita Fernández Chiscano “que le sobrevivirá y prolongará la actividad de su difunto esposo como tesorera de la Universidad e impresora” (Palomares p. 45); y su hijos Mariano, Raimundo y Florencio.

[cfr. Palomares (1974): Imprenta e impresores de Valladolid en el siglo XVIII. p. 50]

El taller continuará bajo los nombres de: Herederos de Tomás Santander (1782-1783), Viuda de Tomás de Santander (1784-1787), Viuda e Hijos de Santander (1787-1800), Hermanos Santander (Raimundo y Mariano) (1800-1834). El tercer hijo, Florencio, dejará su marca como impresor en solitario entre 1785-87 mayormente en una serie de cartas y respuestas impresas de polémicas con el Diario Pinciano.

Al morir Mariano, en 1834, desaparece la «Casa Santander». Palomares calcula que Tomás Santander publicó unas 96 obras y sus sucesores, unas 154.

U/Bc LEG 12-1 nº 0956 

La mayor parte de la publicaciones tienen carácter institucional o “escolar”. Son por una parte ordenanzas, avisos, reglamentos, acuerdos, publicaciones de autor, comerciales y particulares, folletos, publicaciones para la universidad y de instituciones de la ciudad y por otra parte manuales, ediciones de clásicos, libros de referencia con algún interés para los estudios universitarios o la vida de la Universidad.

Los primeros libros impresos con la marca «Viuda de Santander», aparecerán a partir de 1784, y hasta 1800 (probablemente año de su muerte). Bajo su gobierno se publicarán algunos de los más interesantes volúmenes de la editora, imbuidos del espíritu de la ilustración y de las sociedades reformistas de Amigos del País, entre ellos la traducción de la obra de Adam Smith y diversos reglamentos, documentos y obras de interés general para la universidad y la ciudad:

U/Bc BU 12053

Notas:

  • Alcocer y Martínez, Mariano : Catálogo razonado de obras impresas en Valladolid 1481-1800 / por Mariano Alcocer Martinez. (Valladolid: Imprenta de la Casa Social Católica, 1926).
  • Establés Susán, Sandra : Diccionario de mujeres impresoras y libreras: de España e Iberoamérica entre los siglos XV y XVIII / Sandra Establés Durán, In culpa est, 5 (Zaragoza: Universidad, 2018) P. 268-69.
  • Floranes, Rafael. Memoria de los impresores de Valladolid desde el principio de la imprenta en esta ciudad hasta hoy / D. R. F. s.l: [s.n.], 1794. MS
  • Palomares Ibáñez, Jesús María : Imprenta e impresores de Valladolid en el siglo XVIII , Estudios y documentos, 34 (Valladolid: Universidad de Valladolid, 1974 ) P. 44-53

Serpientes de verano

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La expresión “serpiente de verano” se utiliza para referirse a las noticias intrascendentes que suelen poblar los medios de comunicación durante las fechas estivales. Este año la primera llegó antes que el propio verano: https://www.elconfidencial.com/espana/cataluna/2023-06-19/rescatan-gran-serpiente-barrio-corts-barcelona_3668133/

Pocos animales tienen tanta carga simbólica como la serpiente. Para los egipcios era sinónimo de poder, en la tradición cristiana representa el pecado pero también se relaciona con el renacer por el cambio de piel, la curación y la sabiduría.

En “Historia natural, general y particular…” el biólogo Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, hizo un repaso en 36 volúmenes del mundo natural conocido en aquel momento. En el tomo XXII se ocupa “de las culebras” y varias de las especies están ilustradas con maravillosos grabados coloreados.

Asimismo, Joannes Jonstonus (John Jonston) en su Enciclopedia zoológica “Historiae naturalis” se ocupa de las serpientes en el tomo “De insectis libri III de serpentibus et draconibus libri I”.

El Génesis describe la serpiente como “el más astuto de todos los animales salvajes que Dios había creado” para contar a continuación cómo instigó a Eva para que comiera del árbol prohibido.

En «Mundus symbolicus«, el abad milanés Filippo Picinelli reúne las leyendas y símbolos de la tradición oral y literaria. En él encontramos este grabado del «pecado original», donde también aparece la serpiente enroscada en el árbol del conocimiento.

También en el Beato de Valcavado la serpiente aparece representada junto a Adán y Eva en el Jardín del Edén, en posición vertical hablándole a Eva al oído.

Detalle del mapamundi Ms 433 (Beato de Valcavado)

Es habitual ver serpientes en las marcas de impresores. Sirvan como ejemplo:

Marca de impresor de Jean Crespin donde aparece una mujer con cuerpo de serpiente

Marca de impresor de Michel Sonnius

Marca de impresor de Vincenzo Valgrisi

Por otra parte el ouroboros, del griego «ουροβóρος» («oura»: cola y «boros»: comer) es un símbolo que representa a una serpiente mordiéndose la cola y que han utilizado prácticamente todas las civilizaciones antiguas. Sin entrar en leyendas, su figura significa un ciclo de evolución, la constante destrucción y regeneración de la naturaleza. Cada cultura lo adaptó a su manera, pues mientras que para los vikingos representaba a un dios, para los egipcios era símbolo del caos y el orden y la renovación que surge de él. También los alquimistas lo adoptaron como representación de la naturaleza circular de sus obras.

Podemos encontrar un grabado de esa figura circular, en este caso formada por dos serpientes, en el «Vlyssis Aldronandi patricii Bononiensis Monstrorum Historia«, donde el científico y naturalista Ulisse Androvandi describe diferentes monstruos representados en xilografías.

Adam Smith en su 300 aniversario (II) : El traductor

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Resulta siempre interesante sumergirse en alguno de los tratados y manuscritos sobre economía de los ilustrados españoles. Aquellos que se produjeron y circularon entre mediados del siglo XVIII y las primeras décadas del siglo XIX; y que se olvidaron, sepultados por la agitada historia inmediatamente posterior; desdibujadas sus propuestas por los enormes cambios y la rotura cultural, social, política y económica acontecida en esas décadas.

Una figura destacada, y relacionada con Valladolid, es la del economista e ilustrado, identificado con el liberalismo económico y traductor de Adam Smith, José Domingo Alonso Ortiz Rojo (1755-1815).

Natural de Granada y Bachiller por esta Universidad en Teología (1774) y Derecho Civil (1778), lo sabemos residiendo en Valladolid desde septiembre de 1781, donde continúa formándose con el abogado Pedro Reboles y Zúñiga (poeta, dramaturgo, juez de la Chancillería y Catedrático de Sexto en la Universidad de Valladolid). Examinado por la Real Chancillería en 1782, obtiene licencia para ejercer como abogado. Se incorpora al Corregimiento de Valladolid como asesor de Bernardo Pablo de Estrada, trabajando en operaciones con el Banco de San Carlos. En 1784 accede al Supremo Consejo de Castilla y trata con Campomanes, Godoy y Jovellanos.

Su dominio del inglés marcará su trayectoria. Traductor de los poemas de Ossian y divulgador de la recreación de Macpherson que tanto influiría en el joven Walter Scott , en J.W. von Goethe (quien traduciría al alemán parte de las obras de Macpherson recreando la escena en Werther), en Johann Gottfried Herder y en Eduardo Pondal. En 1788 saldría el primer (y que conozcamos, único) volumen de estas pioneras traducciones al castellano con versión en prosa y verso:

Obras de Ossian: poeta del siglo tercero en las montañas de Escocia ; traducidas del idioma y verso galico-celtico al ingles por el celebre Jaime Macpherson; y del inglés a la prosa y verso castellano por Joseph Alonso Ortiz; con la ilustración de varias notas históricas; tomo I .- Valladolid: Imprenta de la Viuda e Hijos de Santander, 1788.-

(Disponible en UVaDoc BU_04760.)

Alonso traducirá también la obra del reverendo Alban Butler, Vida de los Padres, Martyres y otros principales Santos, que se imprimió en XII volúmenes también en Valladolid, por la Viuda e hijos de Tomás Santander entre los años 1789, y 1791. En ese último año también aparece publicada su traducción de la obra póstuma de Butler, Fiestas Movibles, ayunos y otras observancias y ritos anuales de la Iglesia Católica.

En 1794 publicó en cuatro volúmenes la traducción prácticamente completa de la Investigación de la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones, para cuyo autor, guarda múltiples elogios. Consiguió la licencia correspondiente para publicar la obra no sin aplicar ciertas prevenciones y dedicar la publicación a Godoy para eludir la censura. 

[Disponible completa en UVaDoc]

Dos años después de publicar esta traducción escribió el Ensayo Económico sobre la Moneda-Papel, impreso por patrocinio del monarca. «Obra muy notable en materia monetaria, aunque confusa».

Sus trabajos llamaron la atención del anglófilo titular de Hacienda, Diego María Gardoqui, siendo comisionado para la elaboración de un dictamen y resumen de las Leyes Comerciales de Europa que nunca fue publicada.

En 1796 Gardoqui le ofrece un puesto como secretario de la Embajada de España en Turín. Muerto, poco después, su mentor prosigue como encargado de negocios en la ciudad piamontesa, hasta la invasión de Napoleón en 1798. En 1803 es nombrado Cónsul general y encargado de negocios en Argel.

En 1805 se comienza a publicar en Valladolid, por la viuda de Tomás Santander, la segunda edición «muy corregida y mejorada» de la Investigación de la Naturaleza y causa de la Riqueza de las naciones (U/BC BU 07938-079341). Esta traducción fue prácticamente la única disponible en castellano, hasta  que se publicó en 1956 la de Amando Lázaro Ros.

Invadida la península por los franceses, se pone al servicio de la Junta Central y se declara partidario de las Cortes de Cádiz. En 1808 es nombrado cónsul general en Londres por la Junta Central; solo consigue llegar a su destino en 1809 y en esta ciudad pasa sus últimos años de vida, falleciendo en 1815.

***

Para saber más sobre el autor y su obra es muy recomendable la pequeña nota de Pedro Schwartz en el de Diccionario Biográfico electrónico (DB~e) de la Real Academia de la Historia.