Con el uso de los propios sentidos y de la razón (que dirían el tres veces centenario Feijóo y su discípulo Sarmiento) podemos comprobar cómo, a lo largo de la historia y en el presente cotidiano, es frecuente atribuir propiedades típicamente humanas a animales, fenómenos, objetos e ideas (ya sean concretas o abstractas). Se trata de un antiguo recurso del lenguaje didáctico, explicativo y humorístico, consagrado por la retórica y ciertamente presente en la filosofía y las religiones.
Humanizar a los animales para las fábulas, a las estrellas, a los dioses y a los titanes, a los aterradores fenómenos de la naturaleza, a la muerte (con la peste, la guerra y el hambre), al espectro para asustar al capitalismo que recorre Europa, al Tío Sam o a la Madre patria, es una forma de apropiarnos y acercarnos a realidades complejas; una manera de tratar de entender lo que nos resulta ajeno, impactante o desconocido. También es una manifestación de la necesidad que tenemos de explicaciones (y que resolvemos con imágenes y metáforas) reconfortantes en su proximidad conocida, para tranquilizar nuestros pensamientos revueltos, desordenados y temerosos ante la novedad y los muchos cambios.
Los ceros y unos de las computadoras se transforman hoy (en el imaginario popular, en la literatura científica y en la propaganda ambiente) en inteligencia digital. No puede sorprender, dado que los robots han sido la representación más elaborada de esta fantasía de transferencia imitativa (sustitutiva) de lo humano durante décadas.
Los autómatas simples mecánicos, como las máquinas, han ido mejorando, con el desarrollo de la electrónica y de la informática. Pero las mejoras en los procesos, en la velocidad para juntar información, o en la producción no quieren decir que las máquinas modernas comprendan los procesos, las cadenas de información, las instrucciones, como conjuntos, ni la información compilada o a disposición. Emily Bender, apuntó, a respecto de los Modelos extensos de Lenguaje (LLM) que estas redes de sistemas no comprenden los textos que generan, simplemente recombinan, estadísticamente, secuencias que se repiten o asocian frecuentemente en sus fuentes. Que el «entrenamiento» no es más que la memorización de modelos, y que por lo tanto y más bien irónicamente, mas que de inteligencia, era más útil la metáfora de un «loro estocástico»‘ (stochastic parrot).
Aceptamos que los resultados de los algoritmos procesados son inteligencia porque los humanizamos. Y previamente, hemos aceptado, además que dicha palabra es una realidad tangible. De hecho, en la modernidad, no solo hay quienes hablan de la inteligencia como realidad concreta, sino también quienes incluso intentan medirla, ofreciendo la idea de que la inteligencia se corresponde -dentro de la utopía competitiva- con ciertas capacidades de resolución de problemas —típicamente en términos de velocidad, competencia matemática, espacial o socio organizativa— y dentro de modelos académicos o preestablecidos sobre el valor (económico) atribuido a ciertas disciplinas o habilidades propias del imaginario de éxito, liderazgo y competición del hombre blanco en su mundo occidental.
En cualquier caso, lo singular es que, en esencia, aún desconocemos qué sea la inteligencia en los humanos. Conocemos la palabra, perteneciente al ámbito de la metafísica, que denota la capacidad de pensar, comprender, percibir y, por lo tanto, acumular conocimiento. Sin embargo, ya sabemos que las palabras, al estilo de lo que dirían Helvetius o Wittgenstein, no son más que ficciones etimológicas vagamente consensuadas. Y, en realidad, aunque pueda sorprender, no existe un consenso científico sobre cómo definir el concepto.
Y aunque lo hubiese: lo consensuado, lo preestablecido, lo consagrado, lo canónico, tiene su cuota en cada edad, pues la razón, el conocimiento, no se acumula sobre las obras más radicales, sobre los pensamientos más disruptivos de cada siglo o época, sino sobre aquellos que se encuentran a disposición de manera más habitual en el repertorio escolar, en los mass media, en el uso social por haber sido de alguna manera, reconocidos, sancionados o autorizados.
El sistema intelectual del que partimos, diría Diderot, sujeto a la sociedad, a sus modas y debates, tiende a la convención, ya sea para garantizar el poder establecido, ya para preservar una idea de cultura, patria, nación, dios o religión. Tiende a dar mayor importancia y a difundir figuras y obras literarias, filosóficas, históricas y artísticas que, dentro de los cambios sociales, científicos y filosóficos, permitan un mayor ajuste a los cánones establecidos que aquellas que presentan perfiles excesivamente innovadores. Estas, y aquellas demasiado innovadoras en su tiempo, solo se adoptan, quizás, décadas o siglos después, una vez que han sido depuradas por el uso y el tiempo.
No sabemos qué es la inteligencia, pero nos encanta la prosopopeya. Somos cómodos, y cuando se trata del poder, preferimos evitar el esfuerzo de la reflexión, de la construcción propia del conocimiento y la conciencia individual. No por no cuestionar el orden establecido, sino porque no ponga en peligro nuestro estatus ni nuestro bienestar; o simplemente porque preferimos adaptarnos al grupo. Externalizar la inteligencia, gracias a la informática, llegar rápido al conocimiento establecido, sin duda nos ayuda a evitar conflictos.
Los humanistas rastrearon con esfuerzo en los restos de la Antigüedad para mejor conocimiento del latín, recuperando no solo la lengua sino el conocimiento del saber y una filosofía (Epicuro y Lucrecio encontraron lugar junto a Platón y Aristóteles) radicalmente más moderna que la que estaba en uso. Erasmo y los erasmistas quebraron el saber, la autoridad y el conocimiento medieval, cuestionaron la palabra sagrada de la Vulgata y rebatieron traducciones, metáforas y etimologías consagradas en función de los avances filológicos e históricos de su tiempo. Montaigne, Sánchez, Descartes y Spinoza introdujeron la duda y el método en la percepción y en la interpretación del mundo y los conocimientos. Los enciclopedistas fueron más allá y sometieron a crítica el conjunto de las palabras, para ofrecer en cada una otra narrativa nueva que cuestionaba las jerarquías, lo establecido, los conceptos en uso en una sociedad inmovilizada. Kant, como culmen de la ilustración nos desafiaba con el atrévete a saber, la audacia de ser capaces de aprender y usar la propia razón.
Tal vez no tan radical como los anteriores, el Padre Feijóo iniciaba el primer discurso de su Teatro Crítico con estas palabras:
Aquella mal entendida máxima, de que Dios se explica en la voz del pueblo, autorizó la plebe para tiranizar el buen juicio, y erigió en ella una Potestad Tribunicia, capaz de oprimir la nobleza literaria. Este es un error, de donde nacen infinitos: porque asentada la conclusión de que la multitud sea regla de la verdad, todos los desaciertos del vulgo se veneran como inspiraciones del Cielo. Esta consideración me mueve a combatir el primero este error, haciéndome la cuenta de que venzo muchos enemigos en uno solo, o a lo menos de que será más fácil expugnar los demás errores, quitándoles primero el patrocinio, que les da la voz común en la estimación de los hombres menos cautos. (Tomo primero ❦ Discurso primero «Voz del Pueblo»)
A quien puede sorprender que la prosopopeya robótica tenga sus defectos y sesgos interesados. Todo conocimiento lo tiene, de ahí lo importante del criterio y el discernir. ¿Cómo no los tendría si se limita a una acumulación de datos, disfrazados de respuestas, escogidos en base a preconceptos, criterios cuantitativos y de autoridad? Existe una intencionalidad en el diseño del algoritmo, como existía en las ediciones de Aristóteles, en los libros escolares de historia o en la Enciclopedia, pero incluso sin él, la elección de palabras, la manera en la que se explican contenidos y el sesgo tampoco es novedad. Las máquinas juntan palabras, y las palabras en uso, como sabemos por la metahistoria de Hayden White, ponen en circulación los troppos, las metáforas, los símbolos y figuras del repertorio oratorio y lingüístico, que construyen el pensamiento y por tanto la realidad en cada época.
Es importante pues, entender las palabras de moda, los discursos de nuestra época y de las anteriores, qué troppos retóricos los articulan, y entender qué objetivos procura quien los emite y quien los repite consciente. No por más repetidos son más verdaderos. Bien o mal articulados, la función de la oratoria es conmover y mover, y, por razón o imitación, convencer. Esto, que se ha desarrollado en lenguajes de masas con la publicidad (comercial) y la propaganda (política) se transmite perfectamente a través de las redes sociales y la IA, para convertir estas ideas -popularizadas- en lugares comunes y creencias colectivas.
Dado que nos dejamos influir por las modas en boca de la gente y solemos dar más autoridad a los discursos complicados y avalados por datos y tecnología, y terminamos por aceptar aquello que se repite como lugares comunes, no es sorprendente que nos encontremos en un momento de contrarreforma, ilustración oscura o romanticismo reaccionario en que la publicidad se confunde con la filosofía, la demagogia con opinión libre y la propaganda con democracia.
¿Qué nos fascina pues de la velocidad para juntar números datos conocidos y repetirlos según los modelos establecidos, como papagayos escolares? En conjunto, esa IA, más que en desarrollo o crecimiento, ¿no podríamos decir, que se encuentra, más o menos, encajada en la estructura metodológica de la escolástica medieval? O por ser más irónicos que ¿la estocástica digital no es sino una vuelta a la escolástica medieval?

Por concluir: inteligencia artificial, parece ser la cuestión de moda, el centro y fórmula de todo progreso y modernidad, el troppo de nuestro tiempo. Sin embargo, después de tres siglos de estudios económicos y de revolución industrial, se podría llegar a sospechar que volvemos a la casilla de salida. Beneficio de pocos, sustitución del trabajo humano consciente, alienación, producción masiva y circulación de objetos baratos y de poca calidad y sin belleza, ni para el que los produce, ni para el que los consume o utiliza. Por mucho que la tecnología sea lo nuevo, el argumento suena repetido: el futuro inmediato parece una novela de Charles Dickens.
Más que en la inteligencia robótica y la fascinación que nos produce el número y la velocidad, tal vez deberíamos centrarnos en aquellos elementos que destacaba con lucidez política William Morris o su discípulo Soetsu Yanagi. Testigos ambos de la decadencia de los objetos y del trabajo, y críticos con el paso, sin reflexión, de la producción artesanal a la industrial. Más que releer a Asimov o Clarke confiantes con sus leyes y su narrativa de entretenimiento y emoción, parece más prudente dejarse envolver por las sutilezas críticas y recentralización de objetos, emociones, valores, protagonistas de Ursula K. Le Guin o Donna Haraway.
Parece que abogamos por abandonar las artesanías intelectuales, por dejar de construir el saber; tal y como abandonamos en su día y dejamos de saber cómo se fabricaban los objetos cotidianos. Externalizar la razón, el pensamiento, (la manera suave, repetitiva y lenta en la que a la vez que hacemos vamos aprendiendo y hacemos propio, en nuestros hábitos, procesos, cerebro y manos) el conocimiento no parece una gran idea, y tampoco es una propuesta nueva.
¿Tiene el beneficio de pocos sentido? y más cuando se realiza a coste de la pérdida de felicidad, de placer de las capacidades de desarrollarse en el aprendizaje de la mayoría. ¿Nos preocupa más la velocidad de producción y circulación de objetos inútiles, producidos a coste de energía y contaminación, que la felicidad, la vida plena y tranquila y el derecho al desarrollo y aprendizaje personal?
El Sapere aude kantiano y el festina lente aldino continúan vigentes. Desde una Biblioteca histórica como la nuestra, rodeados de historia, de libros, de encuadernaciones, de papeles, técnicas de cosido, de muebles y objetos de varios siglos todavía en perfecto uso o restaurables, del conocimiento previo a 1835, solo podemos sorprendernos por esta elaborada prosopopeya que disimula a la razón esta revolución industrial 2.0 y de esta vuelta a principios económicos del pasado, donde pocos disfrutan el beneficio y acumulan poder, imponiendo su voz y sus ideas, sin atender al bien común, al desarrollo de la sociedad, de la cultura, de la felicidad y de las posibilidades de disfrute y aprendizaje de los individuos, que se privan o se les priva de realizar, pensar, reflexionar sobre el trabajo que desarrollan y las vidas que viven.






































































































































