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conversación, Día del Libro, Gabriel Zaid, impresores e imprenta, nube, Roberto Calasso, Sabiduría, tradición
Gabriel Zaid, en cualquiera de las reescrituras de aquel fenomenal ensayo que son Los demasiados libros, define una cultura viva como conversación y coloca al libro en ella, en su justo papel de motivo o agente. Deja aparte la estadística, la producción, el absoluto de los números de tirada, edición, público, soportes, canales y venta prevista, reestructurándolos para presentarlos como lo que son: como elementos periféricos, propios del mundo comercial y la lógica del capitalismo. Y sitúa el libro a respecto de la lógica comunicativa humana y en las dimensiones del ámbito de la conversación, del acto intelectual del lector.
A través de La conexión inifita, libro que refleja una mesa redonda pública entre Donna Haraway y Ursula K. Le Guin, sabemos que la idea, probablemente está ya en Tolstói quien había resuelto en la pregunta que se hacía en forma de libro ¿Que es el arte? (1897), que el arte es comunicación.
Umberto Eco, en la voz de Guillermo de Baskerville introduce la idea de que los libros hablan siempre de otros libros, que por unos autores llegamos a otros y de ellos vamos infiriendo ideas que nos sirven para llegar a otras, reconstruir elementos perdidos o descifrar mensajes a primera vista ocultos.
Por su parte, y para proseguir el diálogo, Roberto Calasso inicia su no menos enciclopédico ensayo I libro di tutti i libri con una muy sugerente interpretación de la sabiduría en la tradición judeo-cristiana de la que bebe el humanismo. Reflexión esta que nos permite abrir las puertas al conocimiento.


La biblioteca Histórica de la Universidad de Valladolid se reformó a principio del Siglo XVIII. De su fundación, gótico-renacentista, conserva las puertas originales, de alrededor de 1490, atribuidas al retablista y escultor Alejo de Vahía. Cada una de las hojas, en su parte interior, que se expone en un cuidado efecto al abrirse, es un pequeño retablo.



Desde esas puertas góticas, Santo Tomás y San Agustín parecen justamente, como porteros custodios, abrir las puertas al saber.


Debajo, en el panel central, de cada puerta hay dos cisnes de cuello coronado con filacterias alrededor en las que se pueden leer casi borrados por el tiempo y las muchas manos los versículos de Juan 1.1 en la Vulgata: Verbum erat / apud Deum.


El verbo (las palabras), el conocimiento está junto a Dios, recuerdan las puertas que se abren. El simbolismo es bastante evidente: para entrar en un lugar del saber, en la casa de la sabiduría (siguiendo además el lema de la UVa basado en Proverbios 9.1. Sapientia ædificavit sibi domum excidit columnas septem) y más sutilmente, por la presencia de la palabra de Dios, Tomás y Agustín, diríamos del conocimiento en su sentido académico y reglado.
El inicio del evangelio de Juan («In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum.» (Vulgata. Ioannes 1.1) ha sido profusamente interpretado y su traducción a lenguas modernas ha suscitado, y suscita, interesantes reflexiones teológicas y algunas polémicas cristológicas. La versión Reina-Valera, 1960 del versículo traduce: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios».
El motivo del debate se centra en el matiz de la palabra Verbum. El término original griego era Logos (λóγος) que a su vez tiene varios matices de significado. Suele traducirse de distintas formas: «habla», «palabra», «razonamiento», «argumentación», «discurso» o «instrucción». También puede entenderse como: «inteligencia», «pensamiento», «sentido». Suele traducirse, en lenguas romances, como Verbo (por la traducción del latín: Verbum). Logos es pues la palabra en cuanto meditada, reflexionada o razonada, es el origen de la filosofía, del conocimiento, del saber.
Consideremos además que la griega logos es la propuesta de traducción, interpretación o adaptación, de un concepto de la tradición judía con sus matices y tradición cultural subyacente. La Torá («instrucción, enseñanza, doctrina») en su forma escrita como compilación de los primeros cinco libros de la Biblia hebrea, Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio a la que se suma la tradición oral de la interpretación.
Siguiendo a Calasso, la Sabiduría (que comprende la Torá: la ley, la tradición oral…) es una de las siete cosas que existían antes de la creación del mundo. Así, la Torá fue creada antes de la propia creación, así se lee, también en los Proverbios (8:22-26), y usada como plano para la Creación. Además, en la tradición judía, la sabiduría se encuentra con Yahvé, en su regazo y permanece junto a él.
Por otra parte, esta tradición cultural (de la que bebe el cristianismo primitivo y aún después de su formulación trentina subyacente) se conforma como un universo centrado en el Libro. Pues la palabra es sagrada, por cuanto ha sido transmitida por Dios/Yahvé a los hombres y la palabra toma la forma y es el libro.
La metáfora de la Torá (la palabra de Dios, o en su sentido amplio, la sabiduría, el Logos/Verbo) escrita con fuego negro sobre fuego blanco es bellísima; e ideal para hacernos percibir el valor, los niveles, el conjunto textual, paratextual, peritextual, los matices, la tradición. En nuestro caso nos evoca un pulido pergamino o un buen papel artesanal sobre el que se han fijado las más pulcras y brillantes tintas. De Poggio Bracciolini a Joaquin Ibarra, pasando por el mismísimo Guttemberg, la atención a la belleza y legibilidad de las letras y a la fijación del negro de tinta sobre excelente soporte ha definido la historia de la imprenta y por tanto del conocimiento.
Y, si la sabiduría está junto a Dios y emana de Dios, también y no pocas veces se presenta con él y como su aliento, en forma de nube. Nubes de las que emerge una mano simbólica y activa tal y como se han reflejado también en diversas marcas de impresor de carácter emblemático a lo largo de la historia:




U/Bc 03053







U/Bc BU 05723




La nube como representación del misterio, de la presencia y pacto de Dios, de su inspiración e intervención, como fuente del conocimiento, sugiere también (desde la misma tradición) la centralidad de la curiosidad en la idea de la sabiduría. En el judaísmo y en el humanismo, la sabiduría se entiende -más que por la capacidad de acumular conocimiento y erudición – por la aptitud para la curiosidad, por el deseo de hallar y explorar ideas, nuevos conceptos y perspectivas, para ir más allá de lo que se haya alcanzado previamente.
El sabio es, por tanto, el que aprende de todos, el que sabe preguntar y va desvelando los secretos. Y de eso se trata en la educación, especialmente en la tradición judía y en el humanismo socrático: en desarrollar la capacidad de formular preguntas.
Así pues, como escolares, abrimos puertas para encontrar preguntas, nos elevamos – para ver más lejos- sobre hombros de gigantes y dialogamos: por una parte con la tradición, conservada –Verba volant, scrīpta mānent – en forma de palabra escrita; por otra aprendemos a partir de descubrimientos previos; preguntamos para saciar nuestra curiosidad y para descubrir nuevos caminos. Leemos libros.
Por terminar en círculo, volvamos a Zaid y su ensayo en el Día del Libro. Los libros son palabras, voces, conversaciones antiguas o modernas que nos impactan. Los libros son preguntas y respuestas que llegan a la interlocutora adecuada para conmoverla y hacerla actuar, reaccionar, y que a su vez arrastran palabras, libros y voces en ellos que sirven para continuar e impulsar esta conversación en todos los tiempos, o mantener un diálogo interminable.
La conversación, el diálogo, y más en estos tiempos de falsas inteligencias, es una actividad característica de los seres humanos. Los libros sirven para descubrir afinidades, a través de estas permiten reunir una biblioteca personal o institucional. Las bibliotecas, o partes de ellas, son a su vez mensajes, grandes o pequeñas conversaciones, debates y guerras, tertulias que se prolongan en el tiempo y se reúnen con otras, para formar a lo largo de la historia las grandes bibliotecas.
Zaid nos transmite, con tantos antes, la idea de la centralidad del libro que llega a manos de cada lectora, de este diálogo profundo que se establece. Pues no necesitamos tanto entender los números y volúmenes de la imprenta y negocio editorial, ni reflexionar a respecto una producción impresa que aspire y se compare con otras, tampoco necesitamos miles de libros a la moda, ocupando nuestro tiempo: lo que necesitamos son unos pocos libros, mensajes que estimulen la curiosidad y prolonguen la conversación, que nos hagan leer, profundizar en las palabras, su tradición y etimología y nos obliguen a preguntar y preguntarnos, como Erasmo, Montaigne o Francisco Sánchez …
Que sais-je? Quid? Qui suis-je?

